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Reflexiones

 
 
 

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At Swim Two Birds. Roger Patrick Martin Quigley es un hombre delgado, muy delgado, enjuto, de tez blanca anglosajona y pelo color cobre anglosajón. No resulta difícil imaginárselo haciendo acompañar el momento de la composición de una copa de vino y un paquete de tabaco: estampa bohemia de letrista a bocajarro, de romántico empedernido que plasma en papel sus sueños y desventuras. Los indicios encontrados hasta la fecha, esto es, dos joyas deslumbrantes como discos y unos directos en apariencia destensados pero apabullantes en emoción, todo ello como mitad de los Montgolfier Brothers, son concluyentes al respecto. Como también lo es "Quigley's point", su nuevo y admirable esfuerzo, esta vez en solitario y proporcionando descendencia al sello Vespertine junto a su amigo y mentor Richard O'Brien: dentro del coqueto digipack se da parte de la grabación llevada a cabo, ojo, en casa y en The King's Arms, su pub preferido en Salford. La creación en sí apenas difiere de los trabajos del dúo. Pero el oyente dedicado y atento al detalle, al igual que un esquimal es capaz de distinguir doce tipos de blanco en la nieve, paladeará seguro con gusto los matices novedosos, toda una plusvalía dentro de la inmensa fortuna musical: base rítmica y fondo de vinilo gastado en "Darling", voz femenina (Suzanne Preston) para los coros de "Woman of a certain mental age" y "Things we'll never do" -en su final de intensidad insuperable-, fragmento de conversación grabado para "Swedish lakes" y, finalmente, la temática inédita de "I need him", un laisser passer en toda regla, un sacrificio doloroso y alcahuete solo accesible a un gentleman de su calaña, a un conocedor -y esta vez instigador- de la propia derrota: "I want him more / than I need you so / I'm leaving you / to be with him / (...) / and I want you to know / that I loved you so / but life goes on / and I won't / keep it to myself far / (...) / would you meet with him? / could you speak to him? / it might sound so easy to say / but I hope and pray / that you can take / something away from this". El estilo montgolfier tampoco se debe dejar de señalar; no por miedo a la insistencia se puede obviar lo que es digno de elogio y no lo es por vez primera: suaves guitarras sinuosas, instrumentales delicados, poesía simple pero profunda, ... y lo absorto que queda servidor ante la interpretación vocal de dicción cuidada, acento muy británico y fidelidad total, mediante sutiles quiebros de garganta, al texto. Vaya clase. Josë

Programme, c'est la balle!!!!! c´est la verite!!!! Con toda la serenidad que da el parar a pensar un tiempo tras la escucha, ya hace más de un par de semanas, fríamente puede decir que lo último de Programme, es algo que me hace sentir cosas que no había vuelto a sentir desde hace muchísimo tiempo. No sé , quizás, desde el "Nevermind" de Nirvana. Es verdad que lo primero de Programme era igualmente bueno. Sin embargo, este álbum es algo, sin riesgo de exagerar, buenísimo, veraderamente punk, en su sentido mas honesto. Álbum honesto como pocos. Crudo, hasta llegar a sentir cierta obscenidad en la "verdad" reflejada, en las mentiras digeridas por todos. Después de ver a Yann Tiersen en Bruselas, de disfrutar de canciones de Noir Desir, de su último gran disco, y verlo en Francia, de ver aquí en el Píis Vasco a bandas como Kuraia o Pilt, lo mejor que actualmente se hace, no puedo menos que preguntaros por la necesidad de organizar algun concierto de Programmme por aquí. A ver qué se puede hacer en el Kafe Antzokia o en Jam. De verdad, no se puede perder esta oportunidad. Algo así, como los momentos que sabes que aparecen muy de vez en cuando y uno no puede dejarlos escapar a riesgo de ver convertir tu rutina, en un verdadero "merde".

Programme / "L'enfer tiède"

Ya lo tengo. Hilo musical de un ascensor en infinita bajada. A eso es a lo que me recuerdan los compases iniciales de "L'enfer tiède", coartada sonora para el primer salivazo marca de la casa, convertido en autoafirmación salvajemente irónica. Tras la primera toma de angustia y reflexión existencial, un teclado esquizofrénico y una percusión, inapelable, avasalladora, se muestran como las primeras cartas de una mano ganadora y que, jugada con inteligencia e inspiración y plagada de trucos, se lleva la partida de calle. En su desconcertante -en la mejor versión de la palabra, la que alude a la sorpresa y elimina cualquier resquicio peyorativo- exhibición de crear atmósferas a partir de detalles (misterio trip de calles oscuras, peligrosas y humeantes en "Cette page d'histoire"; trepidantes las baterías dictatoriales de "Une vie" y "N'importe quoi pour n'importe qui"; recordando a los dEUS más desquiciados el collage creado para "C'est bien"), un guiño al rock (¡guitarras!) por aquí, un arrebato clásico de cámara -bendita locura- por allí y un epatante caos final, esta vez a partir de trompetas chirriantes, son la perfecta muestra de que cuando los recursos sobran y el punzón está afilado la exuberancia aplicada con ideas, además de no estar reñida con la coherencia y homogeneidad del proyecto, es el aval necesario para subir un escalón más en los peldaños más altos y arriesgados de la música de principios de siglo. Soberbio. Olvídate de historias sobre infiernos y apocalipsis (el título, claro está, se refiere al contexto pero no a la obra) y de las perennes gafas oscuras. Eso, en otra ventanilla. Aquí se despacha innovación, talento e introspección inconformista: Michniak y Bétous observan lo que les rodea y dan un paso al frente en forma de creación. Admirable Jose